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El Centro Portátil
de Arte Contemporáneo es un dispositivo transportable y de bajo coste para la exhibición
de arte. Está diseñado para intervenciones breves,
– de dos a cuatro horas –, y puede ser desplazado e
instalado por una sola persona. Está dotado de medios audiovisuales
portátiles, con autonomía suficiente para una intervención.
Su función es tanto la de mostrar obras de arte y servir
de infraestructura de apoyo para actividades culturales –
performances, conferencias, conciertos…– como la de
“marcar” el espacio urbano, generar espacio público.
El CPAC crea una conexión entre las
estrategias de re-apropiación de la ciudad de colectivos
marginados – minorías raciales, vendedores ambulantes,
prostitutas, inmigrantes, homosexuales en contextos represivos,
determinados colectivos femeninos… – y prácticas
artísticas que inciden directamente en el tejido urbano.
El diseño final lo realizó Mario Acha,
y el dispositivo se construyó en un taller de la Ciudad de
México. Ésta es considerada como una de las mayores metrópolis
del mundo, al menos 20.000.000 de habitantes. El crecimiento de
la Zona Metropolitana del Valle de México, como se empieza
a conocer el área conurbada, ha sido explosivo, carente de
planeación y en consecuencia lleno de deficiencias. La distribución
social en el territorio se ha basado en el acceso a los escasos
recursos hidrológicos: desde el Centro Histórico las
clases altas se han desplazado hacia el poniente y las bajas hacia
el oriente. Sin embargo el Distrito Federal cuenta con un excelente
tejido institucional, dentro del cual hay al menos quince museos
y centros de arte contemporáneo dignos de mención,
además de programas en la vía pública y múltiples
iniciativas privadas. Pero según un informe publicado por
el INBA, en 2007 los seis museos de arte más visitados de
este organismo en el Distrito Federal sólo alcanzaron 250.000
visitantes. Poco más del 1% de la población de la
ZMVM. La relación entre ser público cultural y el
grado de ciudadanía es aquí visible, y por ende las
formas de exclusión que se elaboran desde las instituciones
culturales.
Sobre este panorama, nuestro primer objetivo fue buscar interlocutores
fuera del mundo del arte o de las clases sociales que acceden a
la cultura. Para ello entramos en contacto con centros culturales
o de formación vinculados a territorios con graves carencias
de todo tipo: seguridad, higiene, educación, empleo, y también
simbólicas. Instituciones como los FAROS,
en especial el de Oriente, y centros culturales de universidades,
como el Museo Universitario del Chopo o Casa
Talavera, nos facilitaron el acceso a colectivos artísticos
y/o políticos, que cumplían con el perfil que estábamos
buscando. A partir de ellos conseguimos además contactos
con otros que no se vinculan a instituciones.
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